Mucho antes de conocer la vitamina C, ya se conocía una enfermedad que afectaba especialmente a los marineros durante los largos viajes por mar. Cuando pasaban meses sin consumir alimentos frescos, aparecían debilidad, sangrado de las encías, problemas de cicatrización y alteraciones del tejido conectivo. Era el escorbuto.
En el siglo XVIII se observó que los cítricos podían prevenir esta enfermedad. Sin embargo, tuvieron que pasar más de 150 años hasta identificar exactamente qué sustancia era responsable de este efecto.
¿Cómo se descubrió la vitamina C?
En la década de 1930, el bioquímico húngaro Albert Szent-Györgyi aisló una sustancia que inicialmente denominó ácido hexurónico. Posteriormente recibió el nombre de ácido ascórbico, relacionado con su capacidad para prevenir el escorbuto.
En 1937, Szent-Györgyi recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus investigaciones relacionadas con los procesos de oxidación biológica y la vitamina C. Ese mismo año, el químico Walter Haworth recibió el Premio Nobel de Química por sus investigaciones sobre la estructura y síntesis de esta vitamina.
Estos descubrimientos permitieron estudiar la vitamina C de forma mucho más precisa y comprender que su importancia iba mucho más allá de prevenir el escorbuto.
¿Para qué necesita el organismo la vitamina C?
La vitamina C, o ácido ascórbico, es una vitamina hidrosoluble que el ser humano no puede producir por sí mismo y debe obtener a través de la alimentación.
Su función es mucho más amplia que el conocido apoyo al sistema inmunitario.
La vitamina C participa en la formación de colágeno, una proteína estructural fundamental para la piel, los vasos sanguíneos, los tendones, los ligamentos y otros tejidos. Por eso, tiene un papel importante en el mantenimiento y la recuperación de los tejidos.
También interviene en la síntesis de L-carnitina, una molécula que participa en el transporte de ácidos grasos hacia las mitocondrias, donde pueden utilizarse para producir energía.
Además, contribuye al funcionamiento normal del sistema nervioso y de las células del sistema inmunitario y actúa como uno de los principales antioxidantes hidrosolubles del organismo.

Vitamina C y recuperación
Durante el ejercicio físico aumenta temporalmente la actividad metabólica y la producción de especies reactivas. La vitamina C participa en los sistemas antioxidantes que ayudan al organismo a controlar estos procesos.
La investigación sobre ejercicio también ha estudiado su relación con la respuesta del organismo después del esfuerzo y con diferentes marcadores de estrés oxidativo.
Otra función especialmente interesante es su relación con el hierro. La vitamina C mejora la absorción del hierro no hemo, presente principalmente en alimentos vegetales. Por ejemplo, combinar legumbres o verduras de hoja verde con pimiento, kiwi, cítricos u otras fuentes de vitamina C puede favorecer el aprovechamiento del hierro de la comida.
¿Dónde encontramos vitamina C?
Las principales fuentes alimentarias son pimientos, kiwi, cítricos, fresas, brócoli, coles de Bruselas, tomates y otras frutas y verduras.
Como la vitamina C es sensible al almacenamiento prolongado y al calor, algunas formas de preparación pueden reducir su contenido. Incluir regularmente frutas y verduras frescas es una manera sencilla de mantener una buena aportación.
La vitamina C no es simplemente «la vitamina de las defensas». Es un micronutriente esencial que conecta la protección celular, la formación de colágeno, el metabolismo energético, la absorción del hierro y el mantenimiento de los tejidos.
